EL Centro Diocesano de Ávila "Tomás Luis de Victoria" está en el corazón universitario de Salamanca. Visto desde fuera, podría pasar por un colegio mayor más: moderna pista de pádel, un frontón, jardines... dan la bienvenida al visitante, que enseguida comprende que en esa residencia "se respira" a otro ritmo, el que marca la oración de los ocho seminaristas mayores que a día de hoy habitan sus salas.
El Seminario Mayor es un pequeño reducto abulense en la provincia vecina. Sólo la presencia allí de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia explica la separación física entre la residencia y la muralla abulense. Pero es una distancia corta, tanto en lo físico como en lo espiritual. O al menos así lo sienten sus habitantes, que comparten forma de vida con los 1.265 seminaristas mayores que hoy hay en España. «Este año han entrado 299 nuevos seminaristas», comienza a explicarnos José Luis Retana, el rector del Seminario Diocesano, que aunque sabe que en estos temas hablar de cifras resulta demasiado frío, apunta a que éste ha sido el primer año de los últimos nueve en que ha aumentado el número de seminaristas.
Será mejor, entonces, que pongamos nombre y cara a los chicos que hoy viven en el Seminario: jóvenes responsables pero muy divertidos, estudiosos y responsables, que se han salido de lo convencional para optar por una carrera en la que, como bromean, «no hay paro», pero que les hace sentirse, en ocasiones, demasiado observados por los que les rodean.
Se llaman Joseph, Kaspar, Anselmo, Llorensç, Hervé, Antonio y Gerardo, y proceden respectivamente de Sri Lanka, India, Ciudad Rodrigo, Menorca, Arenas de San Pedro, Muñogalindo y Zaragoza.
Charlamos con ellos a su regreso de clase, frente a un cocido casero. Las risas y las bromas vuelan sobre el sencillo menaje, que ellos mismos colocan en las mesas.
Nada hace pensar a simple vista que estamos ante un grupo de seminaristas. De hecho, su forma de actuar dista mucho de la imagen que la sociedad, en general, tiene de aquellos que optan por el Sacerdocio: la de personas serias, a veces incluso aburridas, sin grandes expectativas.
Pero precisamente eso, expectativas e ilusiones, es lo que no falta a ninguno de ellos. Su Ilusión, con mayúsculas, es seguir los pasos de Cristo, servirle en el mundo y trabajar por los demás, allá donde les manden. Será, eso sí, en la diócesis en la que cada uno de ellos está incardinado. Así, por ejemplo, Hervé y Toño serán sacerdotes en Ávila, y Llorensç, en su Menorca natal, una tierra que lleva gravada a fuego en su acento.
Todos ellos tienen muy clara su vocación y no tienen reparos en explicar que las renuncias que conlleva el Sacerdocio no suponen para ellos un escollo tan grande como puede pensar la gente. No tienen miedo a hablar, por ejemplo, del voto de castidad, quizá la renuncia más llamativa para la sociedad del siglo XXI. Esto es algo que ellos asumen con naturalidad, sintiendo que la recompensa que obtienen por todo ello es siempre mucho mayor.
Procedentes todos de familias muy religiosas, los ocho seminaristas mayores comparten vocación temprana y amigos sorprendidos. Y varios, además, "consejeros" que cuando hicieron pública su intención de "enrolarse" en la Iglesia les animaron a estudiar «una carrera». Algo que hizo, por ejemplo, Llorensç, como paso previo a su vocación verdadera.
Pero fueran cuales fueran los pasos previos de cada uno de ellos, finalmente todos terminaron en el Centro Diocesano, compartiendo ilusiones y experiencias. Formándose como personas y futuros sacerdotes, una tarea en la que no están solos.
Les acompañan sus directores espirituales y el rector, el padre José Luis Retana, que si está orgulloso del Seminario Mayor, no lo está menos del Seminario Menor en Familia, la opción por la que se ha optado para «cuidar el germen de las vocaciones que se puede intuir en los chicos más jóvenes».
Ahora, son doce los chicos que en Ávila llevan una vida del todo normal (en su casa, sus colegios...) pero que, una vez al mes, visitan el Seminario Menor donde el padre Gaspar Hernández guía sus pasos. Por allí pasaron, por ejemplo, Hervé y Toño, y allí regresa este último una vez al mes para compartir su experiencia con los posibles futuros sacerdotes.
Pero no es imprescindible haber pasado por el Seminario Menor para unirse al Mayor, donde se estudia entre cinco y siete año (cinco para Bachiller en Teología y siete para la Licenciatura en Teología).
Tener el título bajo el brazo es sólo un punto de inflexión en un camino en que todavía quedan las "paradas" de la pastoral, el rito de admisión a órdenes, las dos órdenes menores (lector y acólito) y el diaconado. Después, el gran momento, la Ordenación Sacerdotal, un Sacramento reservado para los que, como nuestros protagonistas, optan por la vida religiosa en su grado extremo.
¿Asustados ante la llegada de ese momento? Para nada. Su ilusión puede con todo. Incluso, con posibles cambios de opinión, algo que no entra en el diccionario de estos seminaristas que el próximo 19 de marzo, día de San José, celebran su día. ¡Felicidades a todos!