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Olmo de San Vicente, ¡adiós!

José Belmonte - lunes, 29 de diciembre de 2008

¡Adios!, mis flores exclaman en Méjico para expresar sorpresa o que algo se ha frustrado. ¡Adiós! al olmo decimos los abulenses al negrillo de San Vicente, envuelto estos días por la nieve, en su ropaje blanco. El olmo de San Vicente nevado era una estampa de ensueño. Ya no volveremos a verle. Se ha escrito, y es cierto, que era «el olmo más místico de Ávila». No conoció a Santa Teresa, pero este abuelo bicentenario estaba impregnado de adusta espiritualidad.

Entre las oleadas de espigas, el tomillo y el cantueso, y el granito frío se elevan en nuestras pardas llanuras algunos árboles. Pocos en la Castilla parda y pedregosa. Unos hieráticos, altos, afilados cual flechas punzantes buscando una diana. Otros, como la encina, se retuercen en los pardos llanos cual penitentes perennes: «¿Es aquella sombra que se retuerce en la parda llanura más allá de la Muralla? ¿es el tronco de una encina o el esqueleto de un ayunador?», escribía fray Justo Pérez de Urbel en el prologo a nuestras Leyendas de Ávila. Hasta sus troncos se perfilan lacerados, heridos, como si el cilicio oprimiese sus sufridos cuerpos. El almendro que nos habla de plenitud de vida, de sensualidad, pero al fin de expiación. La encina, la representación del anacoreta, el hombre maduro. Muchos soles y cierzos sufrió el cuerpo de este árbol milenario, viejo y carcomido que nos habla de madurez, de otoño ciprés, silencioso y erguido canta a la muerte, y es el vigía acompañante de ella.

Y el olmo, árbol centenario de sombra acogedora al que día tras día hemos visto desaparecer en Ávila, herido de muerte. En escritores griegos y romanos como Homero y Plinio ya se cuentan relatos de altos olmos plantados por ninfas. Las vírgenes se han aparecido casi siempre arropadas en la frondosidad y espesura de los olmos. Bajo su sombra se congregaban concejos, o se impartía justicia o reuniones de justas pacíficas de trovadores. Árbol, el olmo, calificado como «el alma de Castilla», que sirvió también de cobijo, coronaciones de reyes, encuentros festivos, romerías. El olmo: grande y majestuoso, de corteza agrietada, en la literatura y la historia de España aparece tu nombre desde el siglo X. Y es cita permanente en la literatura hispana: Cervantes, Argensola, Lope de Vega, Góngora, Bécquer, Pío Baroja, Machado y tantos otros.

Hay un escrito griego que dice: «No os engañéis. En la profundidad del corazón de un bosque de olmos, cada árbol tiene una historia oculta, legendaria que cuenta; y solo la relataría a quien comprende que en su madera, en sus raíces y sus ramas, que parecen siempre buscar el cielo, late la vida de un ser majestuoso».

Pero entre todos los olmos del mundo nos quedamos con el de San Vicente, compañero inseparable de la Basílica legendaria que no ha muerto por los vendavales que le azotaron durante centenares de años. Nos quedamos con este árbol de climas templados que resistió los fríos y las canículas abulenses y del que fuimos indolentes en su curación.

Fuiste testigo de muchos acontecimientos de la historia de Ávila: De la invasión francesa, de las guerras carlistas, de la proclamación de la II República, de la guerra civil española, de tantos y tantos acontecimientos de nuestro acontecer histórico. Yo siempre recordaré los responsos que bajo el atrio de San Vicente, bajo su presencia, se dieron a los difuntos, y que helaban la sangre. Y se me aparecen los ancianos de la Casa de Misericordia portando pesados cirios en acompañamiento a los muertos. Recuerdo entierros multitudinarios: El del comandante Albarrán, abulense muerto en la defensa de Asturias durante la II República; el entierro del capitán Peñas que acabó plagado de incidentes con guerra de banderas; el entierro de José María Caro, en la guerra civil, y otros muchos. Pero también fuiste testigo de bodas y bautizos y de comuniones. Bajo tus hojas viste salir en contados momentos la milagrosa Virgen de la Soterraña en tiempos de calamidades, y bajo tu fronda pasó el Cristo de los Ajusticiados camino de las ejecuciones, y viste muchas llorosas despedidas de abulenses a la frontera Virgen de la Guía. Fuiste testigo siempre mudo, durante más de medio siglo, del último adiós, del De Profundis, el Dies irae, porque el atrio de San Vicente era la última parada de los muertos abulenses sobre una renqueante y afíosa mesa negra, donde los abulenses decían el último adiós a sus muertos, y fue también el del adiós -que yo no pude dárselo- a mi madre cuando yo tenía tres años.

¡Cuántos recuerdos nos trae tu fornido tronco y tu espeso ramaje, muchos días gozosos, con Pilar, mi adorada mujer, sentados al pie de la cruz cercana, hablamos y repensamos mucho sobre la historia de Ávila y sobre la muerte y los muertos, porque en verdad, el olmo era como un confidente de los abulenses.

Ha muerto el olmo de San Vicente. Su silueta está reflejada en todos los álbumes familiares, y libros y en los periódicos de todas las hemerotecas. La foto obligada del arco de San Vicente con el olmo está repartida por todo el mundo y recogida amorosamente en los dibujos a plumilla de artistas como Veredas y Cardillo Coca. Verde del olmo y sequedad de la tierra y piedra de la muralla y el reflejo luminoso del románico, el templo marcado con el Lábaro de Constantino.

Ya no será igual la plaza de San Vicente. Le faltará el olmo entrañable y protector y, como se ha dicho,«Ávila también muere un poco mas». Nos faltará el rumor de ramas, su agradecida sombra, su latido, su música en los días de viento huracanado, su paz, su corpulea imagen en las noches escuchando la música de las estrellas, que resaltaba aún más, si cabe, la imagen majestuosa del templo románico.

Todo recuerdo es siempre turbador y melancólico. «Nada te turbe, nada te espante. Todo se pasa», sentenciaba nuestra Santa, pero a nosotros, en verdad, nos turba, nos espanta, nos acongoja, la pérdida, bajo la ardiente llanura o bajo el temblor del hielo, del inolvidable olmo de San Vicente. Viviremos, placenteramente de su recuerdo.

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