NO me pongo al sol porque los que lo hacen duran poco». Esta frase pronunciada por cualquier persona puede sonar a hipótesis, pero escuchada de boca de Julián Jiménez Ruiz suena a sentencia probada. La afirmación la avala con su propia experiencia, no en vano este abulense, natural de Pasarilla del Rebollar, acaba de cumplir todo un siglo de vida para entrar en la historia de los centenarios de la provincia, un aniversario que celebró rodeado de sus familiares cercanos en Martiherrero y en el que se puso de manifiesto que la edad no está reñida ni con el buen humor, que todavía conserva, ni con la memoria.
Él la mantiene prácticamente intacta en lo que se refiere a los nombres, fechas y lugares de su larga y difícil vida. Sólo le falla el oído, por una sordera severa que arrastra desde su juventud, y la movilidad, a causa de una artrosis bilateral que le obligó a jubilarse anticipadamente y que le hace caminar con muletas. No sale desde el verano, cuando tuvo dos o tres caídas, y su familia tiene que bañarle, pero el resto de las tareas de la rutina diaria, incluida la de afeitarse, todavía las hace solo. Ahí es nada.
De hecho, según cuenta su hijo Julián y su nuera Rosa María, con quienes vive en el Barrio de la Universidad desde hace dos años y medio, «hasta hace un año o dos leía el periódico, se fumaba un cigarro y tomaba café después de comer». Ahora ya no lo hace, pero lo que de momento no ha perdonado es su vaso de vino diario «en vaso chico» y su interés por lo que pasa en el mundo. «Siempre ha estado al día de la actualidad», relata su hijo, una afirmación que corrobora el propio centenario al demostrar conocer, por ejemplo, a todos los presidentes del Gobierno.
Con la capacidad para recordar en plena forma, sentado en una silla, eso sí, a la sombra, y asistido por un aparato para la sordera y por su familia, Julián Jiménez rememora las mejores anécdotas de sus cien años de existencia mientras reconstruye el relato de su vida desde que viera la luz el 28 de enero de 1907 en Pasarilla del Rebollar. Allí permaneció hasta los ocho años, cuando bajo la tutela de unos tíos carnales se fue a la cabaña de un empresario de Béjar para pasar su juventud de vaquero por distintas dehesas de Extremadura. A los 21 años sirvió a Alfonso XII en el Regimiento Lanceros de Farnesio (Valladolid) y, una vez cumplida la mili, regresó a su pueblo para dedicarse a la labranza y la ganadería.
Allí le sorprendió la Guerra Civil, pero no fue hasta 1938 cuando le movilizaron por el bando de Franco dentro de la última quinta, primero en Ávila, luego en Zamora y después en Castellón, en el frente de batalla. Con todo, no duró mucho, no en vano su sordera no pasó desapercibida y le acabaron destinando a realizar trabajos sociales en hospitales y de panadero.
Finalizada la contienda se licenció y regresó a su pueblo para seguir trabajando «una mísera tierra» en los años de la dura posguerra, época en la que se casó y tuvo su único hijo, Julián. En 1966 se trasladó a Madrid y se empleó en una empresa de jardinería, aunque a los cuatro años se jubiló. Volvió a Ávila en 2004 con su familia para ver crecer a su biznieto.